La crisis que dejó al descubierto el proceso electoral
Nunca en la historia de la humanidad habíamos tenido acceso a tanta información; paradójicamente, hoy resulta más difícil que nunca distinguir entre información, opinión y manipulación.
Los recientes acontecimientos del proceso electoral en Colombia han dejado muchas reflexiones. Más allá de las preferencias políticas de cada ciudadano, este escenario expuso una realidad que trasciende cualquier candidato, partido o ideología: la urgente necesidad de fortalecer el pensamiento crítico.
Durante semanas fuimos testigos de un flujo continuo de noticias, opiniones, rumores, videos, campañas y publicaciones que despertaron emociones muy fuertes. En medio de esa saturación de información, surge una pregunta mucho más importante que el resultado de las elecciones:
¿Cuántas de las ideas defendidas eran realmente personales y cuántas fueron adoptadas sin un análisis consciente?
Responder esta pregunta exige un ejercicio de humildad. Todos, sin excepción, estamos expuestos a la influencia de nuestro entorno. Nadie piensa desde el vacío.
Somos seres sociales. Sin embargo, se hace urgente que aprendamos a pensar de manera independiente.
Los seres humanos somos una especie gregaria. Evolucionamos viviendo en comunidad, colaborando y aprendiendo unos de otros. Esa necesidad de pertenecer ha sido una ventaja evolutiva extraordinaria, pero también implica un desafío: tendemos a confiar con mayor facilidad en aquello que es aceptado por nuestro grupo y a desconfiar de aquello que lo cuestiona.
Esta característica explica, en parte, por qué las narrativas colectivas ejercen tanto poder sobre nosotros. No es un defecto. Es una condición humana. Sin embargo, en un mundo hiperconectado, donde cada minuto recibimos cientos de estímulos informativos, esta tendencia puede convertirse en una gran vulnerabilidad si no desarrollamos la capacidad de pensar con criterio propio.
Esta situación se vio exacerbada por la pandemia de COVID-19, que marcó un antes y un después en muchos aspectos de la vida contemporánea. Cambió nuestra forma de trabajar, de comunicarnos, de consumir información y de relacionarnos. Pero quizá el cambio más significativo ocurrió en la velocidad con la que circulan las ideas.
Hoy una opinión puede recorrer el planeta en cuestión de segundos. Una noticia falsa puede alcanzar millones de personas antes de que sea verificada. Un algoritmo puede mostrarnos durante meses únicamente aquello con lo que ya estamos de acuerdo, reforzando nuestras creencias y reduciendo nuestra exposición a perspectivas diferentes.
Los algoritmos no fueron diseñados para ayudarnos a pensar mejor. En términos generales, fueron diseñados para mantener nuestra atención el mayor tiempo posible. Como consecuencia, muchas personas terminan viviendo dentro de cámaras de eco donde las opiniones dejan de contrastarse y comienzan simplemente a repetirse.
Desde que nacemos empezamos a interpretar la realidad a través de múltiples influencias: la familia, la escuela, la cultura, los medios de comunicación, nuestras experiencias, las plataformas digitales y, más recientemente, la inteligencia artificial.
Esto no significa que exista un único actor dirigiendo nuestro pensamiento ni que seamos simples espectadores pasivos. Significa que nuestra visión del mundo se construye dentro de un entramado de influencias que muchas veces pasan desapercibidas.
El filósofo Michel Foucault analizó cómo instituciones como la escuela, el ejército o la prisión moldean comportamientos mediante normas, disciplina y formas de organización social. Décadas antes, Aldous Huxley imaginó en “Un mundo feliz” una sociedad donde el control no se ejercía principalmente mediante la fuerza, sino a través del condicionamiento y la satisfacción inmediata. Ambos autores, desde perspectivas completamente distintas, nos invitan a formular una pregunta que sigue siendo profundamente actual:
¿Hasta qué punto nuestras decisiones nacen de una reflexión consciente y hasta qué punto responden a hábitos que nunca hemos cuestionado?
Existe otra razón por la que pensar críticamente resulta tan difícil. Nuestro cerebro, aunque extraordinariamente complejo, necesita ahorrar energía. Para lograrlo utiliza “atajos mentales”, que suelen ser útiles para tomar decisiones rápidas, pero que también pueden generar errores sistemáticos de juicio llamados sesgos cognitivos.
Uno de los más estudiados es el sesgo de confirmación, descrito por la psicología cognitiva. Consiste en la tendencia a buscar, interpretar y recordar principalmente la información que confirma nuestras creencias previas, mientras ignoramos aquella que las contradice.
Durante este periodo electoral se hicieron especialmente visibles otros sesgos cognitivos, entre ellos:
- Sesgo de autoridad: nos lleva a aceptar una afirmación porque proviene de alguien reconocido.
- Efecto de arrastre: nos impulsa a adoptar una opinión simplemente porque muchas personas ya la sostienen.
- Sesgo de disponibilidad: hace que sobreestimemos aquello que recordamos con facilidad, aunque estadísticamente sea poco frecuente.
- Efecto Dunning-Kruger: personas con poco conocimiento o experiencia en un tema sobreestiman sus habilidades.
Comprender estos mecanismos no nos hace inmunes a ellos. Nos hace más conscientes.
Con frecuencia se confunde el pensamiento crítico con la rebeldía permanente o con la necesidad de cuestionarlo absolutamente todo. No es eso. Pensar críticamente significa evaluar la evidencia antes de aceptar una afirmación. Significa reconocer que nuestras convicciones también pueden estar equivocadas. Significa cambiar de opinión cuando aparecen mejores argumentos. Y, sobre todo, significa desarrollar la capacidad de convivir con la incertidumbre sin necesidad de convertir cada diferencia en un enfrentamiento. En una sociedad profundamente polarizada, esta puede ser una de las habilidades más valiosas que podemos cultivar.
Es fácil hablar de libertad cuando pensamos en derechos políticos o económicos. Mucho más difícil es preguntarnos si somos realmente libres en nuestra forma de pensar, porque pensar libremente no consiste en repetir las ideas de un grupo, sino en desarrollar el criterio suficiente para examinar cualquier idea, incluso aquellas con las que simpatizamos.
Quizá la mayor revolución que una persona puede vivir no sea cambiar de partido político, de profesión o de país. Quizá sea descubrir que también puede cambiar la manera en que interpreta la realidad.
Al reconocido psiquiatra suizo y fundador de la psicología analítica, Carl G. Jung, se le atribuye la siguiente reflexión, aún vigente en nuestros días:
“Cuando comprendes que toda opinión es una visión cargada de historia personal, descubres que todo juicio es una confesión.”
Tal vez el pensamiento crítico comience precisamente allí: cuando entendemos que nuestras opiniones no solo hablan del mundo, sino también de nosotros mismos. Por eso, antes de intentar convencer a los demás, conviene observar nuestras propias certezas.
Vale la pena preguntarnos: ¿por qué creemos lo que creemos? ¿De dónde vienen nuestras convicciones? ¿Qué información estamos dejando fuera? Y si realmente estamos dispuestos a modificar una idea cuando la evidencia nos invita a hacerlo.
En ese camino, encuentro una guía sencilla y profundamente práctica en el reconocido libro “Los cuatro acuerdos”, del Dr. Miguel Ruiz:
- Sé impecable con tus palabras.
- No te tomes nada personal.
- No hagas suposiciones.
- Haz siempre lo mejor que puedas.
Más que reglas de convivencia, representan una disciplina interior que favorece el diálogo, reduce el juicio precipitado y fortalece una actitud de aprendizaje permanente.
Reflexión final
Vivimos una época extraordinaria. Nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento, pero tampoco habíamos estado tan expuestos a la desinformación, a la polarización y a la influencia constante de narrativas que compiten por captar nuestra atención.
Frente a esa realidad, el pensamiento crítico deja de ser una habilidad a nivel profesional para convertirse en una forma de responsabilidad personal.
Antes de compartir una noticia, es nuestra responsabilidad verificar la información que contiene. Antes de rechazar una idea, conviene preguntarnos si realmente la hemos comprendido.
Y antes de asumir que quienes piensan distinto son nuestros enemigos, quizá deberíamos recordar que cada opinión está atravesada por una historia, unas experiencias y una forma particular de comprender el mundo.
Porque la libertad no comienza cuando logramos que los demás piensen como nosotros.
La libertad comienza cuando tenemos el valor de pensar por nosotros mismos.
Referencias
Asch, S. E. (1951). Effects of Group Pressure upon the Modification and Distortion of Judgments. En H. Guetzkow (Ed.), Groups, Leadership and Men (pp. 177–190). Carnegie Press.
Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio. Debate. (Obra original publicada en 2011).
Tversky, A., & Kahneman, D. (1974). Judgment under Uncertainty: Heuristics and Biases. Science, 185(4157), 1124–1131.
Lecturas recomendadas para profundizar
Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión (A. Garzón del Camino, Trad.). Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1975).
Huxley, A. (2014). Un mundo feliz. Debolsillo. (Obra original publicada en 1932).
Ruiz, M. (1997). Los cuatro acuerdos: Un libro de sabiduría tolteca. Amber-Allen Publishing.

Excelente artículo, gracias por compartir esta buena información.